lunes, 16 de septiembre de 2013

Cuando amar tiene sentido (y 4ª)



De aquellos años de adolescencia  irrepetibles en los afectos y en las vivencias, por intensos, guardamos  instantes y sensaciones únicas. Vencimos  el pudor y la timidez, superamos la sensación de rechazo a la que especialmente temíamos y forjamos nuestra peculiar forma de amar, de sentir y de jugar con el placer. Allí dejamos la inocencia y la ingenuidad y construimos las bases de nuestra propia personalidad, muchas veces edificadas sobre las asociaciones emocionales que fuimos tejiendo consciente e inconscientemente. Así amamos y edificamos nuestros propios modelos de atracción: lo que nos gusta, lo que nos
llama la atención, sobre la base de las experiencias vividas biológica, psicológica y socialmente. La expansión de nuestro mundo social multiplica nuestras interacciones y facilita el acceso al conocimiento de otras personas. Así disfrutamos de interacciones y experiencias que dejan huellas y profundos recuerdos en nosotros: los flechazos, “el amor loco”, la sexualidad plena y sus mil formas de vivirla, el amor apasionado y la joya de la corona: “el amor romántico”. Idilios que disfrutamos con pasión y entrega cuando el más mínimo detalle de la otra persona esboza una sonrisa en nosotros: una mirada, un gesto, un mensaje, y el dulce sabor que deja la ansiedad del encuentro cuando entre las dos media la distancia. Mientras la juventud se prolonga acumulamos vivencias que  asociamos con detalles que las rodearon: una canción, un lugar, una fecha, un color, cuyas presencias tenderán siempre a la evocación  de una emoción  que seguramente el tiempo se encargará de difuminar o esculpir. 
La intensidad del romanticismo crea nostalgias, melancolías, que para bien y para menos bien nos acaban enseñando qué es lo que queremos y lo que no queremos en nuestra vida sentimental, qué nos hace crecer y qué nos hace daño. Las emociones son tan necesarias como inevitables. Todo menos dejarse secuestrar por ellas cuyo efecto no acaba en el desengaño que todos alguna vez conocimos, con resultados diversos,  sino en el fracaso sentimental y personal. Sobrecargar las mochilas emocionales o “malaprender” de las experiencias es un error que convierte en inviable la búsqueda de nuestra felicidad. Algunas veces se manifiestan tendencia a complicar las relaciones, a hacerlas difíciles y enrevesadas incluso cuando más se desean o más cerca se tienen. En otras ocasiones sublimamos tanto que  vemos imposibles nuestras propias expectativas cuando realmente son compartidas por  mas personas de las que creemos  “Las cosas” del corazón y las relaciones suelen ser más fáciles de lo que pensamos aunque nos obstinemos por sistema, en la necesidad de ser sorprendidos por alguien sin pensar en la posibilidad de sorprender y la conveniencia de la predisposición a la sorpresa. A veces elaboramos un perfil tan preciso de pareja que se nos pasan los mejores detalles y las mejores candidaturas olvidando que, en la vida, los grandes satisfacciones provinieron de pequeños detalles. Con el tiempo descubres que lo esencial no siempre es perceptible a la vista y que lo importante es sentirse querido y amado, desear y ser deseado, compartir y ser compartido;   y para ello tan importante es conocer como dejarse conocer. Solo así construimos amor sobre la base de la sinceridad y la confianza. El camino del Amor no siempre es un camino de rosas. Si a veces nosotros mismos no nos aguantamos no es difícil imaginar lo que hemos de aportar para que otra persona nos aguante. Amar es emprender y como todo emprendimiento requiere de financiación. El amor se financia a si mismo con respeto,

disposición, dedicación, innovación e imaginación en y durante el tiempo y los dias. A los cimientos siempre hay que añadir comprensión, confianza, empatía y complicidad. Y para que los pilares sean firmes y consistentes “algo fundamental” la disposición,  la fluidez y el acceso a la comunicación abierta y sincera, cuya ausencia es la  vía de agua que acaba con los mejores cruceros sentimentales.
Compartir un proyecto no es solo compartir objetivos, preferencias, prioridades y complementarse para ello. Cuando amamos aportamos carencias y defectos pero también cualidades; emociones que se transforman cada día en estado de ánimo y actitudes, inentendibles para el otro sin empatía, sin optimismo y sin fé y estima en los dos. Amar es el más íntimo de los compromisos de la vida cuya sensación afecta hasta a la mirada. Amar es crear sonrisas por las alegrias que se comparten, por todo cuanto se hace “juntos”, por las metas que se conquistan “juntos”, por los recuerdos que se dibujan “juntos” , por los
 obstáculos que se superan “juntos”. No es la monotonía la que rompe vínculos, es la falta de atención hacia la persona que un día te dijo “Te quiero” mientras tú decías amarle.




Si te ha gustado, estas a un “clik” de poder compartirlo. Comparte y disfruta: es gratis.
 
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario