domingo, 8 de septiembre de 2013

Cuado amar tiene sentido.(1ª parte)



Hoy no había salido a correr y saludaba aquella mañana las postrimerías  del verano, de mi verano. Como cada mañana, pero esta vez, antes de iniciar la definitiva vuelta a casa me acompañaba de  un café sentado en la terraza del bar de Pedro. Las usuales idas y venidas hacia la playa cargados de sombrillas y toallas parecían haberse agotado, echaba de menos hasta la algarabía  . En su lugar  adivinaba los preparativos de vuelta de muchos vecinos en sus puertas mientras cargaban los vehículos .Extrañé a otros tantos con los que muchos días compartía terraza y simplemente recordé que Septiembre nos llamaba.
Al fondo ,el mar cuyas olas parecian permanecer ajenas al calendario agitando la orilla con su vaiven para incitar al  bullicio que abrazar con  el azul turquesa del horizonte donde todo parece unirse. Cerca y lejos observaba las despedidas…otro año, otro verano con el anhelo del reencuentro y tantos otros más, siempre cargados de buenos deseos. En medio del ajetreo junto a la sombra de la pequeña  palmera  una pareja de jóvenes pocos más que quinceañeros se aislaban del mundo,  en lo que me parecía un peculiar rito de despedida. Aquella escena endulzó el café al traer a mi memoria los recuerdos del “amor de verano”. En un oteo disimulado por preservar la intimidad del momento que Vivian adivinaba los besos, los abrazos y las caricias que dejamos perdidos en la inocencia y la ingenuidad , mientras descubría una lagrima viajando por sus rostros para cerrar los ojos y unír sus mejillas. Se abrazaban , se separaban , , se besaban …en un ritual intenso, nervioso, compartido y deseado  que parecían no querer nunca acabar. Giré entonces la cabeza para respetar instantes que no me pertenecían y me sumergí en las neblinas que abren el enorme hueco de la  mas profunda de nuestras  pasiones y sensaciones, el amor. ¿por qué llegamos a amar? ¿Por qué alguien nos atrae o nos gusta? ¿Qué nos atrae de las personas a las que estamos predispuestos a amar? ¿Crece el amor en la distancia o la distancia es el olvido? ¿Por qué cambiamos de gustos o mejor de preferencias a lo largo del tiempo? ¿Qué nos mueve? ¿Qué buscamos e cada momento de nuestra vida? ¿Por qué tipo de personas nos dejamos ir?  . Desde nuestra adolescencia nos vinculamos a esas “parejitas” que encontrábamos en nuestro entorno. Creo que sin más razón que la propia cercanía: el colegio, el barrio, la zona, y las actividades que frecuentábamos. La música, las lecturas, los juegos, los cumpleaños, nos conectaban mientras emulábamos a los ídolos del momento , de la televisión, del cine para llamar su atención a la vez que disfrutábamos del placer difuso de los primeros besos y sentíamos los atisbos del sentido de vinculación sentimental compartida y sana , más sana que nunca.
 Así comenzamos a unir experiencias y vivencias  con  emociones  y a desarrollar  nuestra propia forma de amar con aquellos detalles que dejaron una impronta que solo los años se encargan de difuminar, de corregir o de adaptar. 

La vida a esas edades nos hace fácil unir emociones intensas e instantes felices y eso nos facilitó siempre perpetuar la relación y en algunos  casos hacerla sólida y trascendente    ¿Quién no recuerda un solo momento del primer amor?.
Esta claro que aquello de “el roce trae el cariño” cobraba mas que nunca valor y fuerza y de paso nos serviría para justificar, con los años, el por qué llegamos a enamorarnos de otras personas cuando las distancias y las nuevas experiencias abrían las puertas de nuevas amistades y el encuentro con otros atractivos. . La sexualidad vivida en formas tan diferentes como íntimas irrumpiría progresivamente en nuestras relaciones para formar parte de un argumento más de atracción. Amores de una incipiente juventud, entonces, donde a veces confundíamos amor. Sexo, atracción y gusto en un carrusel de tiempos de conquistas, amistades y rolletes sin clasificar. Con esa juventud comenzábamos a abrir horizontes, otros mundos, otras gentes, otros lugares, otros ambientes, que nos aproximaban a otras interacciones que nos hacían preguntarnos si realmente hay una media naranja o varias. Los chicos tuvimos siempre  tendencia a exprimirlas todas y no saborear ninguna. A pesar de todo, se diría que la mayoría de relaciones más o menos consistentes en el tiempo se fraguan a partir de aquí: compañeros de estudios, de Universidad, de tareas, de actividades, de deporte…. y esos encuentros cuya frecuencia te acerca a conocer muy especialmente a alguien en quien hallas  identidades, afinidades, gustos, preferencias, valores que te atraen no solo por que te sean familiares sino por que te es fácil compartirlas, asumirlas, y hacerlas crecer. Todo aquello junto con el innegable atractivo físico cuya importancia era y es diferente para chicos y chicas comenzaban a conformar nuestro índice de atracción, apego, cariño y posibilidades de amor hacia una pareja. Lo que nos atraía en la adolescencia de alguien va mutando con los años como mutan nuestras necesidades y nuestras expectativas personales. El cambio de la adolescencia a la juventud es solo el principio y aún así no siempre el amor de nuestra vida es aquél con el que un día decidimos compartir “seriamente” nuestra vida  Cuando sobren las palabras siempre quedará un pequeño rincón en el alma para negar que un día amamos apasionadamente pero mientras, reconoceremos que el mejor amor es el último.


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