lunes, 12 de agosto de 2013

Seleccionar, escoger, elegir con optimismo


La vida está repleta de decisiones, todos los días están llenos de ellas en todos los ordenes de nuestra actividad cotidiana. Algunas forman parte de la monotonía y dedicamos escasos segundos  a la reflexión, otras requieren una valoración previa de las opciones . A lo largo de los años tomamos, lo que llamamos, grandes decisiones que orientarán y dirigirán nuestra vida en aspectos laborales, académicos, económicos, personales, afectivos, sociales y un largo etc. En suma son decisiones que afectarán a nuestra vida, unos por pequeños y otros por grandes. Conforme más vinculante cualitativa y cuantitativamente más tiempo dedicamos a valorar las opciones y más recursos de toda índole a prestar seguridad a nuestra opciones y dejar los menos huecos  posibles al error, la casualidad o la suerte.
Reflexionamos sobre qué estudios iniciar, que metas laborales conseguir, con quien compartir nuestra vida, que inversiones económicas realizar, donde, como y cuando adquirir una vivienda. En definitiva empleamos una enorme proporción de nuestro tiempo en decidir aunque no nos detengamos a reparar en ello. Pero ¿cuanto tiempo disponemos para seleccionar nuestra actitud cada día? Y cuanto para diseccionar las actitudes de los demás. Me gustaría reflexionar aprópósito y por ejemplo sobre aquellas decisiones cuyas consecuencias no nos afectan directa e inmediatamente a nosotros y en las que nuestro juicio, decisión y acción  afecta a los demás, a otros o a otro sin que haya mucho hueco a las emociones. Decisiones que, en cualquiera de los casos, requieren de un alto grado de responsabilidad y en  muchos de ellos de profesionalidad.
Solemos ser tremendamente indulgentes y optimistas con los errores propios en las decisiones, nos afecten o no , en mayor o menor grado pero no nos tiembla el pulso para “disparar al codillo” cuando el error involuntario de otro o la justa decisión de otro nos afecta, disparando a veces por elevación y sembrando dudas, malos juicios y prejuicios de las actitudes y hechos de los demás,sin el menor atisbo del beneficio de la duda. Aún así siempre quedará hueco para las disculpas, afición que no muchos disfrutan y cuyo efecto terapéutico como laxante actitudinal es genial. Tenemos tendencia en todos los campos a la generalización (de perniciosas consecuencias para nosotros mismos) , sesgada o no, intencionada o no ,sin saber que muchas veces estamos dentro de aquello de lo que generalizamos y disparamos sobre nosotros mismos (palos a gusto no duelen). Practicamos escasamente la empatía y antes de juzgar no reparamos en el entretenido y gratificante juego de ponernos en el zapato de los demás ,más aun cuando las decisiones de los demás vienen delimitadas por las responsabilidades que en cada ocasión a cada uno competen aunque nos produzcan frustración seguramente por elevar en exceso las expectativas: Solíamos saber más que el profesor cuando este “nos cateaba” aunque los que suspendían éramos nosotros , solemos saber más que el médico cuando este opta por este tratamiento y no por el otro, solíamos saber por qué no superamos aquel proceso de selección y aquella entrevista y en cualquiera de los casos embestíamos contra el profe, el médico, el seleccionador . La vida, que es así de caprichosa y “puñetera” se encarga ayudada por el tiempo  de enseñarnos que muchas de las decisiones que, de los demás, nos afectaron tuvieron una razón de ser, aunque para todo haya excepciones que en ningún caso definen ninguna especie, ni orden, ni colectivo, ni géneros. Quizá nos faltó confianza en nosotros mismos antes de prejuzgar.

Viene ahora a mi recuerdo (y lo hago publicamente en ocasiones ) a una de mis vecinas. No perdía la ocasión de recordarle a la suya lo guapo que “va su niño” cada mañana. La segunda no pierde la ocasión para subrayar las pegas: “uy!!, va precioso ..pero mira, añadia, lleva una mancha en el pantalón”. Aparte de la risa que inevitablemente me causó igualmente me provocó sonrisa la habilidad para descubrir una pequeña mancha junto al falso. Claro ejemplo de "una peculiar forma de ver las cosas" y del más recalcitrante negativismo latente cuando existen mil motivos evidentes para elogiar. ¿tanto nos cuesta ser optimistas?, profesar el optimismo vehicular, ver el lado bueno de las cosas, hablar del lado bueno de las cosas ,poner en valor el lado bueno de las cosas cuando con ello no embarcamos a nadie a un viaje a lo desconocido y simplemente generamos actitudes capaces de poner en valor lo mejor de cada uno,,de cada momento, de cada instante.  El optimismo genera juicios justos, disposiciones positivas, buen humor, afecto, buenas intenciones, autoconfianza, solidaridad, empatía  e intensifica nuestras capacidades para entender a los demás y ser entendidos. Ser optimista no es ir por la vida con sonrisa “estupefaciente” sino llamar la atención de las luces que todo , en la vida, tiene sin obviar o denunciar sus sombras, Seleccionar, escoger y elegir lo bueno para llamar la atención sobre lo mejor y suscitar actitudes generosas en los demás.
Pruébalo y si no te convence te devolvemos “el mal rollo”.
 

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