sábado, 2 de marzo de 2013

Hoy, como tantas veces



Hoy, como tantas y tantas veces, he vuelto a pensarlo. Si, como tantas veces. Como otros días aproveché una tarde nada apacible, fría y húmeda de este largo invierno para pasear pero esta vez me apetecía solo eso, pasear conmigo mismo, dejar mis ideas volar, cazarlas al vuelo como mariposas y compartir tertulias con ellas en lugar de desafiar al cuerpo y los músculos en un duelo casi sin sentido para moldear semejanzas a lo George Cluny y empaparme a la vuelta en un espeso sudor que ofrecer en sacrificio al altar de  una relajante ducha. No me apetecía nada esa idea.
 Tras la ventana, casi empañada,  adivinada el viento suave y gélido que desafiante y desalentador me esperaba junto al piso mojado que había dejado lo que parecía una escarcha tan solo unos instantes antes.
Pero hoy tenia ganas de pasear y esta vez no me apetece deporte…. Suelo hacerlo por un camino cercano a solo unas calles de casa, pronto te deja adentrarte en la naturaleza sin aditivos,  poco transitado y…..en tardes como estas a duras penas si te puedes cruzar con alguien excepto a los asiduos que con método griego y puntualidad británica devoran dos horas de cada día al paso, trote y galope el recorrido de ida y vuelta de la vieja vía.. Así que me pertreché, nunca mejor dicho, debidamente y salí de casa. Mi abuela lo hubiera tachado de locura o seguramente hubiera susurrado aquello de “palos a gusto no duelen” con esa peculiar indiferencia insinuante.
 Poco a poco me adentraba en la pequeña arboleda que abre la puerta a una extensa vega por donde discurre su trazado; al fondo adivinaba el gris en mezcla con añiles penitentes que amenazaban mis intenciones y a mi alrededor los verdes intensos que ya había comenzado a regalar un invierno especialmente húmedo, salpicado del blanco de  los primeros brotes de  almendros en flor. En el ambiente las bajas temperaturas habían comenzado a calar los poros de la escasa piel de la cara que mi bufanda dejaba entrever mientras una tímida brisa jugaba en mi cabeza peinando acá y allá según el trayecto, a su antojo. Paso tras paso, lento, pausado y ágil  trataba de esquivar con mayor o menor acierto los pequeños charcos que adornaban la mezcla de piedras y tierra henchida de agua de un camino maltrecho ya sin duda por las continuas lluvias y el trasiego de vehículos a las fincas de cultivo cercanas. Junto a mí, el silencio sin más, conmigo casi el eco de la nada.

2 comentarios:

  1. No sé còmo ha llegado este blog a mis manos, será el destino caprichoso el culpable de poder leer algo tan cierto, tan lleno de lo mejor que escribe estas líneas....me gustaría poder leer más, para aprender, y compartir querido blog.
    Mil gracias.....

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  2. Gracias a ti por leerme. Espero que los próximos te sigan gustando.

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