domingo, 17 de marzo de 2013

Decepciones y ocasiones (l)



Habíamos quedado en la vieja cafetería cercana a  la plaza. Curiosamente esta vez llegué antes, suelo ser un desastre en eso de llegar a la hora acordada, debo de reconocer que mi puntualidad está más cerca del estrecho de Gibraltar que del Canal de la Mancha  por aquello de la puntualidad británica y  para determinado tipo de cosas . Tendré que hacérmelo ver por que los demás ya dicen que lo ven  a pesar de lo cual convivo con ello y siempre encuentro la excusa perfecta y la complicidad de los que me esperan para salir airoso.
. Hacia mucho tiempo que no pasaba por aquí, la estampa parecía la misma de siempre: las viejas mesas de forja y mármol ya pajizo por el tiempo, los cuadros en blanco y negro  que decoraban las paredes en nogal, la solería ajedrezada a juego con las mesas, las sillas  (incómodas también como siempre) y el antiguo mostrador de madera salpicada de quemaduras de pitillos de aquellos años en los que el ambiente se cargaba de humo de tabaco, olor  a café y tertulias altisonantes de la clientela. Junto a la puerta una amplia cristalera decorada con amplios visillos recogidos en los laterales   la separa del exterior y a la vez que llena todo el local de luz regala unas vistas preciosas de todo el entorno y de las gentes que por allí pasean. Al entrar pude saludar a Francisco, el incombustible dueño que lo regenta, y  que con expresión de sorpresa me lanzó un -“¡¡Hombree!!”- nada más atravesar el dintel, sorprendido y contento por mi visita. Años atrás le conocí cuando trabajaba en las inmediaciones  y tomaba con prisas los cortados matinales.  Persona de apariencia ruda pero simpática, cercana, discreta y educada como pocos. Un extremeño que dejó su pequeño pueblo con 16 años, que se hizo a si mismo y que cuando te contaba sus batallitas dejaba helado el café, sin duda por el tiempo que empleaba y por la intensidad de sus experiencias. Siempre recordaré una de sus frases, un clásico en su abanico de expresiones y refranes: “en esta vida está tó inventao” en una alusión eterna a que todo cuanto sucede ha sucedido ya antes y volverá a suceder después.
Tras el saludo de cortesía y las preguntas de rigor le pedí  un café y tomé asiento en la única mesa disponible. A mi alrededor era espectador de las más variopintas tertulias y clientela incluida la pareja joven que a mi espalda y ajena a mi llegada me convertían en testigo de sus flirteos. El reparto lo completaba un niño de no más de 4 años que con agilidad y velocidad sorprendente recorría mesa tras mesa saludando con la ingenuidad y el gracejo propia de la edad  mientras la que parecía su madre corría tras él en un infructuoso intento de oferta de pastel de chocolate en la mesa que al pequeño no parecía atraerle nada.
Así fue como me dispuse a esperar a Julia, una vieja amiga, de las pocas de siempre que por esas fechas pasaba por  aquí y que  me había llamado para volver a vernos y poder charlar. Hacia tiempo que no sabia de ella a pesar del mensajeo intrascendente en que nos prodigamos y, con sinceridad, me había llamado la atención que últimamente me repitiera que teníamos que hablar. Creo que nos conocemos mucho, es de esas amistades que saben compartir problemas, dificultades, alegrías, sinsabores y consejos, felicidad y decepción y sobretodo discreción. Había dejado una relación hace un año y sé que andaba en otras ilusiones y proyectos.

Vitalista, alegre, positiva y emocionalmente muy estable a quien no le faltaba ese toque de encanto personal con que la naturaleza dota a algunas personas o ellas mismas nos llevan a mirarlas con determinados ojos a falta de conocerle más y mejor y fuera de hipocresías. Romántica, en apariencia resolutiva y calmada que en realidad no es sino la coraza de hojalata del flan que lleva dentro.

1 comentario:

  1. Gracias por volver a deleitarnos con tus relatos, Rodrigo no dejes de escribir!!!

    ResponderEliminar